La Parabola del Caballo gris
(Para alcanzar el potencial escondido en cada uno de nosotros)


Élder Joseph B. Wirthlin
Del Quórum de los Doce Apóstoles

La vida abundante está a nuestro alcance si tan sólo estamos dispuestos a beber en abundancia del agua viva, a llenar nuestro corazón de amor y a hacer de nuestra vida una obra maestra.

Élder Joseph B. Wirthlin

Harry de Leyer llegó tarde a la subasta aquel nevoso día de 1956, y todos los caballos buenos ya se habían vendido. Los pocos que quedaban eran viejos y estaban gastados, y los había comprado una empresa de salvamento.

Harry, que era maestro de equitación de un colegio de niñas de Nueva York, estaba a punto de marcharse cuando uno de esos animales —un caballo descuidado, castrado, de color gris, con feas heridas en los muslos— le atrajo la atención. El animal todavía tenía las marcas hechas por los pesados arneses de trabajo, lo cual era evidencia de la dura vida que había llevado. Sin embargo, algo acerca de él captó la atención de Harry, por lo que ofreció ochenta dólares por él.

Nevaba cuando los hijos de Harry vieron el caballo por primera vez y, dado que estaba cubierto de nieve, los niños le dieron como nombre “Hombre de Nieve”.

Harry cuidó bien del caballo que resultó ser un amigo manso y digno de confianza, que a las niñas les gustaba montar porque mantenía la calma y no se encabritaba como algunos de los otros. En realidad, “Hombre de Nieve” mejoró con tal rapidez que un vecino lo compró por el doble del precio que había pagado Harry.

Pero “Hombre de Nieve” se desaparecía constantemente del prado del vecino y a veces se lo encontraba en los plantíos de papas (patatas) vecinos y otras veces de regreso en el terreno de Harry. A todas luces el caballo tenía que haber saltado por encima de las cercas que dividían las propiedades, pero eso parecía imposible, puesto que Harry nunca había visto a “Hombre de Nieve” saltar sobre nada más alto que no fuese un tronco caído en la tierra.

Pero con el tiempo, al vecino se le agotó la paciencia y le insistió a Harry que se llevara el caballo.

Desde hacía años, el gran sueño de Harry había sido exhibir un caballo de saltos que resultase campeón. Había conseguido un éxito regular en el pasado, pero comprendía que, para competir en las más elevadas categorías, tendría que comprar un purasangre que hubiese sido engendrado específicamente para saltar. Y esa clase de caballo de raza le costaría mucho más de lo que podía pagar.

“Hombre de Nieve” ya estaba envejeciendo; tenía ocho años cuando Harry lo compró y había sido muy maltratado; pero era evidente que “Hombre de Nieve” quería saltar, por lo que Harry decidió averiguar lo que el caballo podía hacer.

Lo que Harry vio le llevó pensar que quizás su caballo tenía posibilidades de competir.

En 1958, Harry inscribió a “Hombre de Nieve” en su primera competición. Allí estaba el rocín entre los hermosos y campeones caballos de pura sangre, donde se veía muy fuera de lugar. Los otros criadores de caballos calificaron con desdén a “Hombre de Nieve” de “pulguiento”.

Pero algo asombroso e increíble ocurrió aquel día.

¡“Hombre de Nieve” ganó!

Harry siguió inscribiendo a “Hombre de Nieve” en otras competiciones y éste siguió saliendo ganador.

El público aplaudía entusiasmado cada vez que “Hombre de Nieve” ganaba una competición, y así se convirtió en el símbolo de lo extraordinario que puede ser un caballo ordinario. Salió en televisión y se escribieron relatos y libros acerca de él.

Al seguir ganando “Hombre de Nieve”, un comprador ofreció cien mil dólares por el viejo caballo de tiro, pero Harry no lo vendió. En 1958 y en 1959, nombraron a “Hombre de Nieve” “El Caballo del Año”. Al final, el castrado caballo gris —que había sido una vez vendido al más bajo precio— fue incorporado a la lista de caballos aclamados como excepcionales en los espectáculos de equitación1.

Para muchas personas, “Hombre de Nieve” fue mucho más que un caballo, pues constituyó el ejemplo del potencial escondido y no utilizado que yace dentro de cada uno de nosotros.